sábado, 29 de junio de 2013

Inocente

Es una tarde soleada en Nueva York, aunque esto sucede en Buenos Aires, y está lloviendo a cántaros. Las calles inundadas hacen todo mucho más difícil para el detective Jason Gutiérrez, quien investiga una serie de homicidios, y está en la búsqueda de una posible clave para resolver estos crímenes. Se trata de una mujer de 65 años que posee el poder de ver accidentes antes de que ocurran. El único problema es que nunca avisa cuando esto sucede.

Irma Stügelmayer, alias “Doña Stügelmayer”, es una jubilada alemana que disfruta observar y opinar sobre todos y cada uno de los sucesos que ocurren en el mundo. Su difunto marido, Don Leopoldo Jacinto Skywalker, la abandona a la temprana edad de cincuenta, y muere a los setenta. Ella siempre lo recuerda y habla de él con los vecinos que, hartos de escuchar sus historias, esperan impacientes que algún accidente le ocurra. No desean nada en particular, simplemente un accidente bajando las escaleras, un infarto, algo simple, y que la silencie para siempre.

Navegando por las calles de Belgrano, Jason intenta llegar a la casa de la susodicha para comenzar el interrogatorio. Se topa con varios ciudadanos que intentan inútilmente sacar el agua que ingresa a sus locales. Otros que, en la desesperación tratan de sostener sus autos para que no se los lleve la corriente. Y algunos oportunistas, que aprovechan para sacar sus botes y tiran las cañas encarnadas con lombrices.

–  Buenas tardes, ¿señora Irma?

–  Sí, ¿quién es usted?

– Mi nombre es Jason Gutiérrez, soy detective de la Policía Federal, ¿puedo hacerle algunas preguntas?

– ¡Ay, mirá vos, nene! Sabía que ibas a venir. ¡Pasá, pasá! Ojo con el escalón.

– Permiso.

– Qué tiempo loco, ¿no?

– Sí, la verdad que ya me asusta este clima.

– Siéntese, póngase cómodo, por favor. ¿Quiere un café caliente? ¿A qué debo su visita?
¿Quiere unas tostadas? Hago unos buñuelos que a mi marido le encantaban, ¿quiere que le prepare?

– Café está bien, gracias. Mire, el motivo de mi visita es el siguiente: Me informaron de la central que usted tiene… ¿cómo decirlo?... ciertas habilidades.

– Sabe usted que me imaginé que por ahí venía la mano. No le quería decir, pero ya lo sabía. De todos modos, lamento comunicarle que hoy estoy de franco. Claro que, si usted me ofrece algún incentivo económico, yo podría hacer una excepción. Me cae simpático y buen mozo.

– ¡No! No me refería a esas habilidades.

– Ah, ya sé a qué viene, entonces. Ni me lo diga, porque ya me imagino.

– Bueno, me dijeron que usted sabe predecir el futuro.

– ¡¿Vió?! ¡Yo sabía! Le dije que ni me contara.

– Mire, estoy siguiendo un caso sobre un asesino en serie. Me informaron mis compañeros, que usted puede ser de gran ayuda. Por cierto, muy rico su café.

– ¡Gracias! Ay, querido, yo no sé quién te vino con el cuento ese, pero estoy cansada que la gente piense y diga esas cosas de mi persona. Venga, vayamos al cuarto de arriba, que tengo una estufita a querosene para que pueda secarse esa ropa. No sea cosa que se resfríe.

Mientras se dirigen al cuarto del primer piso, el detective contempla los retratos de un hombre sobre la pared que acompaña el recorrido de la escalera, y supone que se trata del marido de la anciana. No le dio importancia. –­Pase por acá, por favor. Sáquese esa ropa fría y mojada y aguarde que le busco algo para ponerse– le dice Doña Stügelmayer mientras enciende una antigua estufa a querosene.

Jason se sienta en la cama para desatarse los cordones de los zapatos, mientras su olfato se acostumbra al aroma de ese viejo cuarto. Se inclina para llegar al pie derecho y aparece un malestar repentino. Su visión comienza a apagarse y siente un profundo mareo. Se recuesta boca arriba en la cama y hace un gran intento para no desmayarse. Comienza una batalla con sus párpados, que desean cerrarse, pero él se niega. Los efectos de la droga en ese café comienzan a hacer su trabajo. Sus ojos se cierran por completo. Los abre y observa el techo con telarañas. Vuelven a cerrarse, pero al abrirlos esta vez, observa el cuerpo desnudo de la anciana encima de él, saltando desenfrenadamente en esa cama con elásticos.

Sus manos están esposadas al respaldo de la cama. Intenta gritar, pero todos están demasiado ocupados con la inundación, que le hacen caso omiso. Sin mencionar que los gritos de Doña Stügelmayer son mucho más fuertes.

– ¿Te despertaste, hermoso? Mirá que si gritás mucho, te va a salir más caro, eh.

– ¡Espere! ¡Usted se equivoca! ¡No vine a esto!

– Dale, nene. Mentile a la vieja. Mentile a la vieja vidente esta, que sabía perfectamente a qué venías. Disculpame por sedarte, pero tenía que apurar los trámites, porque la inundación me cortó la luz, y me quiero acostar temprano.

Sus súplicas para que se detenga son en vano. Y, en la lucha por zafarse, observa cómo la boca sin  dentadura alguna, se le acerca a su cara, y una lengua gastada sale de ella, para meterse en sus oídos una y otra vez.

Mientras tanto, en la central de la Policía Federal, un Oficial se acerca a la oficina de Jason y deja una nota en su escritorio, que dice: “Tratá de no arrestarme después de esto, compa. Felíz día del inocente”. 

1 comentario:

  1. Que arresto ni arresto. An arrow to the knee y cortito en la nuca, por si no quedo claro.
    Escribí algo más chabón, es muy bueno.

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